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El Cafelito

Margarita

Margarita andaba deprisa esta mañana, llevaba un pantalón morado y una sudadera naranja con cremallera. El pelo ya lo tenía muy largo, casi por la cintura y es color azabache. Andaba esquivando a los peatones que circulaban deprisa camino de sus trabajos a aquella hora de la mañana. Eran las 8:50 a.m y esperaba llegar a tiempo a su nuevo trabajo. Al pasar por la puerta principal de la Catedral, la miró de frente y se santiguó. Costumbre que le había enseñado su abuela Nana, ella siempre le decía:
"Margarita mi niña, siempre que pases por la puerta de una iglesia, debes saludar al señor...".
La iglesia era distinta, el país y la ciudad donde se encontraba también, pero ella siempre lo hacía en honor a su Nana.

Esta mañana su mirada era diferente, sólo llevaba dos meses en España y aún no se acostumbraba. Estaba cansada, porque dormía en una pequeña habitación con tres chicas más y sólo había dos colchones por lo que tenían que turnarse para ocuparlo. La pasada noche a ella le había tocado el suelo.

Llevaba una bolsa con el uniforme dentro. Menos mal que su amiga Lena, una ucraniana de pelo rubio y grandes ojos de color avellana se lo había regalado junto con ese trabajo antes de regresar a su país natal. Llevaba sólo una semana en la agencia de azafatas pero se defendía muy bien, servir canapés y copas y sonreir constantemente, era algo que había aprendido desde muy pequeña.

Esta mañana, Margarita pensaba en su Nana, que a esa hora debía de estar acostando a su hermano pequeño, Rafael, en la cama que daba a la ventana. Después iría a la pila y con agua helada se refrescaría la cara, seguro que había hecho mucho calor ese día. Se lavará las manos, agrietadas a causa del trabajo y de la lucha diaria. Ahora tenía más trabajo porque con dos niños y sin Margarita, no paraba en todo el día.
Nana, desde algún pueblecito recóndito de la montañosa Chile también pensaba en su niña, su Margarita, que se había embarcado en un viaje a ninguna parte, en busca de dinero para sacar a su familia adelante, Nana sonrió ligeramente y pensando en su niña se quedó dormida.

Al otro lado del mundo, Margarita dejó de pensar en su Nana y se limpió una lágrima, debía ser fuerte. Miró el reloj de la calle y se dio cuenta que llegaba tarde y se apresuró, no quería que su jefe volviera a regañarla, necesitaba mucho ese trabajo.

Agradecimientos: Quizás no se llama Margarita y quizás no es chilena, pero ayer iba caminando delante mía por la calle y me llamó la atención como se santiguó mirando a la catedral. Hoy esto es para esa chica de pantalón morado y sudadera naranja que ayer caminaba delante mia por la calle. Para ella y para todas las posibles Margaritas.
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2 comentarios

Di -

Me ha encantado, de verdad.
Pronto iré a Sevilla, que para algo mi mejor amiga vive allí ahora, así que más que nunca andaré a la búsqueda de todas esas Margaritas que le dan color a nuestras ciudades, y a nuestras vidas.

Marta -

No tengo tiempo de dejar muchas palabras, pero me ha gustado este "relato inesperado".

Besos
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